Playas
Amanece y estoy con los ojos abiertos. Hoy el río está liso, otras veces arrugado. Con los pies en el agua, me doy vuelta. A mis espaldas queda el paisaje simétrico que componen el río y el cielo. Ambos ya están cambiando de color y dejan atrás su abrazo nocturno. Frente a mí yace una playa de escombros. Este lugar, abierto al público desde hace poco, forma parte de las continuas avanzadas de la ciudad sobre el agua. No ya la barranca natural que define el territorio de los porteños, sino sucesivos pequeños desniveles formados por esa extraña forma de piedra man-made que son los escombros. Aparentemente, este territorio salva los cuatro metros de diferencia entre el plano estándar de desarrollo urbano y el nivel del mar, el nivel del río. Allí desaparecen los ruidos de la ciudad y solo se escucha el murmullo del agua.
Mientras comienza el día me dedico a explorar este territorio, repetidas veces. El proceso es siempre igual. Solo veo nacer el sol y busco los objetos que ilumina. Una extraña mezcla de geología, botánica y arqueología serían necesarias para definir este paisaje. ¿Cómo entender el musgo que crece sobre algo que antes era una pared? Si bien es difícil orientarse en este mar de piedras vergonzosas, algunas pocas se destacan: están las de asfalto, manchas negras que parecen venir de la erupción de un volcán lejano; están las pocas de ladrillo, redondeadas por el paso del tiempo, sin dudas las más singulares; también hay algunos pedazos de hormigón a los que se le puede encontrar un sentido, como una cornisa, ya sin dignidad, o un pilar que no funda nada.
No suelo estar solo en estos paseos. Casi siempre me acompañan los pescadores. Muchos vienen de la villa que está cerca; la apertura de este lugar es bien recibida por sus vecinos. Antes tenían que caminar mucho por sobre los escombros para llegar hasta acá, y la pared de los boliches que estaban atrás lo hacían un lugar más inseguro. Hoy muchos vienen con sus familias a pasar el día, a ver el atardecer.
Al amanecer es otro público. Los pescadores se esconden del frío entre las piedras. Hay uno, encargado de un edificio durante el día, que me cuenta su historia. Nació en el Chaco y pescaba allá con su papá. Volver acá le permite conectarse con ese lugar, tanto en el tiempo como en el espacio. Mirando el río me lo explica de manera muy simple:
es la misma agua.