Las aguas

por Fernando Schapochnik

La ciudad sobre el agua

Antes que la expansión de la ciudad los entubara, un conjunto de cursos de agua recorría libremente el territorio porteño, modelando el relieve, alimentando la vegetación y condicionando el desarrollo de distintos barrios. Los arroyos eran parte del entorno natural característico de la llanura pampeana, con cauces irregulares y serpenteantes que se desbordaban fácilmente con las lluvias, generando zonas anegadas, bañados y pequeños humedales, para finalmente desembocar en el Río de la Plata.

En su estado natural, los arroyos no solo formaban parte del paisaje, sino también de un ecosistema diverso y dinámico. Sus márgenes estaban rodeados de vegetación nativa: juncos, sauces criollos, gramíneas y otras especies. Esta vegetación no solo protegía los cauces, sino que también servía de refugio y alimento para una gran variedad de fauna local que habitaba en torno al agua.

En muchos casos, sus cauces moldearon la ciudad desde sus orígenes: condicionaron la ubicación de los primeros asentamientos, sirvieron de puntos de referencia y definieron límites barriales. Cumplían un rol central en la vida cotidiana de los habitantes de Buenos Aires durante los siglos XVIII y XIX. Eran fuente de agua para el lavado de ropa, el riego de quintas y el abastecimiento doméstico. En algunos tramos, incluso, se los utilizaba como espacios de recreación. Sin embargo, lentamente comenzaron a ser vistos como una amenaza. Muchas veces anegadizos e inestables, los márgenes de estos cursos fueron ocupados por poblaciones que resultaban victimas de crecidas repentinas y de condiciones de vida insalubres. La ausencia de infraestructura sanitaria llevó a que también se los usara como vertederos de residuos y aguas servidas, lo que progresivamente los convirtió en focos de contaminación y propagación de enfermedades infecciosas. Así, los arroyos pasaron de ser aliados del entorno natural a convertirse en un problema para la salud pública y el desarrollo urbano. A partir del siglo XIX y, más intensamente, desde mediados del siglo XX, la mayoría fueron canalizados y entubados como parte de una lógica de control hidráulico y expansión urbana. Se buscaba evitar inundaciones, sanear el espacio público, liberar suelo para la construcción, y disolver las marcas físicas de una geografía indócil. La ciudad moderna no solo los invisibilizó: los reorganizó como sistemas técnicos, sin valor simbólico ni reconocimiento urbano.

Hoy ese entramado permanece activo pero oculto. Buenos Aires cuenta con al menos once arroyos principales entubados que atraviesan gran parte del territorio de la ciudad. Algunos se originan en localidades de la provincia —como el arroyo Cildañez, el White o el Medrano, que ingresan desde La Matanza, Tres de Febrero y San Martín—, mientras que otros nacen dentro de la ciudad, como el Maldonado o el Vega, alimentados por nacientes en zonas altas como Villa Devoto, Agronomía o Saavedra.

Sin distinguir límites administrativos, codificaciones de uso o estratos sociales, estos cursos de agua recorren barrios bien diversos. El arroyo Maldonado, por ejemplo, se origina en La Matanza, para luego ingresar a la ciudad de Buenos Aires y atravesar de oeste a este por debajo de la avenida Juan B. Justo, desde Liniers hasta Palermo. El Medrano cruza Saavedra y Núñez. El Vega corre bajo Villa Devoto, Belgrano y Núñez; el Cildañez cruza Villa Lugano y Mataderos, y desemboca en el Río Matanza. A ellos se suman otros menos conocidos como el Ochoa, el Ugarteche, el Erézcano o el Larrazábal, que serpentean bajo la ciudad por trayectorias menos evidentes. En general, sus desembocaduras en el Río de la Plata se producen a través de emisarios o bocas de tormenta ubicadas en márgenes costeros de difícil acceso, sin cualidades paisajísticas o en muchos casos, relación directa con espacios públicos.

Las aguas que transportan combinan desagües pluviales con efluentes cloacales ilegales, conexiones clandestinas o sobrecargas del sistema. Aunque son infraestructuras fundamentales para el funcionamiento urbano, no forman parte de la identidad visual ni simbólica de la ciudad. En los últimos años, algunas iniciativas estatales —como la instalación de carteles y señalizaciones en calzada que indican el paso de arroyos enterrados— han comenzado a marcar su existencia. Sin embargo, esto ocurre de manera fragmentaria y sin un plan que invite a revisar críticamente su rol actual, o a imaginar formas de integración más visibles, incluso hipotéticas, en el tejido urbano.

Si bien es valido reconocer que en muchos casos el soterramiento responde a decisiones razonables, también es necesario señalar cómo este ocultamiento conlleva una pérdida de conciencia sobre la geografía natural que sostiene y estructura la ciudad. Leves anomalías en el relieve, interrupciones en el trazado urbano o infraestructuras obsoletas funcionan como indicios —más o menos visibles— de una geografía subterránea que persiste, aunque no se nombre ni se vea.

En este doble registro —presencia insinuada y presencia negada— este conjunto de fotografías plantea una lectura crítica de la relación entre Buenos Aires y su naturaleza hídrica. Las imágenes no intentan revelar un secreto subterráneo ni romantizar algo oculto. No se retratan arroyos o se ilustra el fenómeno subterráneo. Se propone una lectura atenta del territorio a partir de sus marcas, ausencias, posibles correspondencias e incluso el puro desconocimiento. A veces, las imágenes capturan la forma misma del antiguo cauce como si el arroyo aún modelara, desde abajo, la superficie. En otros casos, lo fotografiado no es más que un testigo callado: una leve inflexión en el trazado, una zona vacante, una anomalía menor que insinúa cercanía.

Las fotografías ponen en tensión la idea de evidencia: algunas imágenes insinúan o revelan; otras simplemente registran lo que parece no decir nada.

Se graduó como arquitecto en la Universidad de Buenos Aires (FADU, UBA) y estudió fotografía en la Escuela de Fotografía Creativa. En 2017 se incorporó al equipo de la revista de arquitectura PLOT, donde se desempeño como fotógrafo, editor y editor ejecutivo hasta 2024. Fue docente de proyecto arquitectónico entre 2011 y 2019 (FADU-UBA) , y desde 2015 es profesor adjunto del curso Fotografía y Territorio en la Universidad Torcuato Di Tella. Su práctica como fotógrafo exhibe el trabajo de arquitectxs, paisajistas y artistas. Participó de diferentes exhibiciones colectivas, entre las que se destacan la Muestra de Fotografía de la Bienal de Arquitectura Latinoamericana (Navarra, España, 2017), y las exhibiciones Diseño en Acción (Buenos Aires, Argentina, 2018) y Pica pica bajada cordón (Buenos Aires, Argentina, 2024), ambas en Fundación Proa. Actualmente combina su práctica como fotógrafo con su trabajo como director de la Editorial Di Tella Arquitectura de la Universidad Torcuato Di Tella.

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