La Grilla y El Barro
Lo que ve un prócer con sus ojos de piedra
El monumento a Bartolomé Mitre fue inaugurado en 1927. Realizado por dos escultores turineses de prestigiosas carreras, Davide Calandria y Edoardo Rubino, y emplazado sobre la barranca, el homenaje ubica al multifacético prócer en un lugar inmejorable: con una perspectiva que le permite revisar casi 100 años de historia urbana de Buenos Aires y rodeado de “alegorías” que se asemejan al entourage de una estrella de rock: la Victoria, el Trabajo, la Vida, la Armonía, entre otras.1
Entre sus ojos y el Río de la Plata, yace, en desorden estricto, una acumulación de espacios y lugares que difícilmente sugieran la cercanía a una situación costera o algo que se le parezca. La barranca propiamente dicha, la plaza que también lo homenajea, la Avenida del Libertador, la Plaza Rubén Darío, la Avenida Figueroa Alcorta, la Floralis Genérica, las vías de los ferrocarriles Mitre (otro homenaje) y Belgrano Norte, las últimas ramificaciones hacia el sur del Barrio 31, depósitos de containers, la autopista Illia, más containers, la Dársena F, la vieja Central Hidroeléctrica.
Es posible afirmar que, en casi 100 años de vida, los ojos de Mitre pudieron grabar cada detalle de esa gran escena. Como un Funes con una cámara fija, cada árbol, cada poste de luz, cada ventana, cada tren llegando a destiempo fue registrado por esa mirada hasta el más específico de sus rasgos.
Gracias a la barranca, esa especie de breve y económica reverencia que le hace el territorio inconmensurable de la pampa al río, varios sectores de Buenos Aires tienen vistas, miradores naturales, eventos poco comunes en una ciudad caracterizada principalmente por su geografía casi llana y repetitiva.
Homenaje de las escuelas para adultos al Gral. Bartolomé Mitre, las banderas al pie del monumento en la Capital Federal.-28/6/1942-
Fuente La Nación
Notas
- 1Para el listado completo de Alegorías, visitar el sitio web de la Comisión Nacional de Monumentos, de Lugares y de Bienes Históricos
El ingeniero ensimismado
A unos diez minutos caminando, también sobre la barranca, pero con la mirada orientada a espaldas del horizonte, otro Mitre, su hijo Emilio, tiene su propio monumento. No está rodeado de mujeres. Comparado con el de su padre y considerando el contexto, es sencillo, casi austero. Está solo y a duras penas es posible distinguir de quién se trata. Además, la barranca se encuentra, en esta zona, en circunstancias menos favorables respecto a las visuales y los remates de la Plaza Mitre. Justo entre las calles Posadas y Adolfo Bioy Casares, y un poco como en un cuento del mismísimo, la pendiente desaparece entre los edificios en un movimiento fantástico. Y si bien es perfectamente perceptible en las calles perpendiculares a la Avenida del Libertador hacia el sur, su efecto queda completamente esterilizado por la trama neta de construcciones que tiene encima. A lo largo de toda la costa, el tejido construido y las cuencas de los arroyos neutralizan a la barranca en intervalos irregulares. Es como una señal de radio intermitente esperando a ser sintonizada solamente por oídos totales, afinadísimos.
Emilio Mitre fue político, periodista e ingeniero. Durante sus años de labor parlamentaria se destacó por elevar una voz autorizada y rigurosa en los debates técnicos en los que se discutían las infraestructuras que habrían de delinear la forma económica de los espacios urbanos de una nación jóven, que estaba muy por detrás del resto del mundo desarrollado en lo que respecta a la incorporación de innovaciones técnicas a gran escala.
Parapetado bajo las ramas de un gomero histórico y con la vista vuelta hacia Avenida Alvear, su postura hacia los problemas, racional, concreta, razonada, se puede paladear perfectamente, casi como si uno lo hubiese conocido en persona.
El Panteón desordenado
Una barranca puede ser, antes que nada, un lugar para ver más y ver más lejos. Pero también puede ser un sitio para apartarse, para evitar dejarse confundir por el trajín de la ciudad, sus problemas y su trama, para contemplar las cosas con un cierto grado de abstracción. Si el hecho técnico fundacional y fundamental de Buenos Aires, su organización del espacio en una grilla regular, no hizo más que subrayar su condición geográfica más relevante, su topografía llana y continua, es de esperarse que toda interrupción o trasgresión a esa lógica sea siempre observadas con una mirada particular o desconfiada, inclusive.
¿Qué hacemos con las barrancas? ¿Las celebramos poniéndoles más monumentos o las vamos maquillando de a poco como a un acné tardío y pueril? ¿Las disimulamos con equipamiento urbano o las recortamos del contexto para que tengan una entidad propia: remate, fiesta, recuerdo?
En un recorrido por la antigua línea de la costa, la cual cuesta cada vez más creer que haya existido, la Barranca tiene eximios momentos de protagonismo, como la Plaza San Martín o la ya mencionada Plaza Mitre, y también largos trechos en los que desaparece casi por completo, apenas traspapelada entre edificios de todo tipo, habilitados por la grilla regular a lo largo del tiempo.
En términos perceptivos, reconocerla espacialmente, en determinados momentos, representa un hallazgo precioso, el despertar repentino de un olvido que uno ya ha tomado por bueno a causa de la costumbre.
Todo parecería indicar que las barrancas tienen, a esta altura, la entidad de un fenómeno arqueológico. Material de columnas dominicales, reels de Instagram y charlas de café. Pero visto desde otro punto de vista, si uno profundiza en el listado de celebridades nacionales con monumentos sobre las mismas, el conjunto no decepciona y echa luz sobre otro aspecto: San Martín, Borges, Cortázar, Perón, Juan Pablo II, Evita, y hasta el mismísimo socio fundador Pedro de Mendoza, entre otros. Todos juntos componen una especie de Sgt Pepper´s de la identidad nacional, un Panteón de los Héroes factoreado y discontinuo que ostenta el honor de tener bajo sus ojos algunas de las mejores vistas de Buenos Aires. Tomando en cuenta la intermitencia de la barranca en el conjunto de la forma urbana, la pregunta que vale la pena hacerse es si efectivamente los homenajearon o si, en el fondo, se los olvidaron por ahí.
Restos Diurnos
Algunos edificios y espacios públicos de las zonas bajas reproducen, como en un reflejo o un recuerdo fragmentado, las pendientes y los accidentes de la barranca.
El edificio para ATC (hoy Televisión Pública Argentina); de M|SG|S|S|V|, construido para realizar las transmisiones del mundial de fútbol de 1978, y el parque Micaela Bastidas, construído en el año 2003 y enmarcado en el Concurso Nacional de Anteproyectos para las “Nuevas Áreas Verdes para Puerto Madero y la Revitalización y Puesta en Valor de la Costanera Sur”, son dos de los ejemplos que parecen representar mejor este fenómeno. Si bien ambos proyectos tienen orígenes completamente diversos, hay elementos en sus planteos espaciales, el desarrollo de sus pendientes y en sus escalas, que parecieran soñar de manera lúcida ciertas percepciones de la geografía oculta en la que surgen.
El primero con un gesto técnico ganador e icónico: el plano inclinado, la barranca artificial que permitía generar una relación armónica con el contexto de parques y edificios institucionales que fue cerrada poco tiempo después, esterilizando su función y esencia principal en términos urbanísticos.
El segundo como parte de un sistema más amplio, que en su propio sistema de decisiones y morfología resume todas las pulsiones de la zona sobre el solar específico del parque. La barranca, el río, el límite entre lo público y lo privado, el encuentro entre el puerto y la ciudad, las tensiones entre lo preexistente y lo nuevo.
Finalmente, está el edificio del Centro de Exposiciones de Buenos Aires, diseñado por Edgardo Minond y ganador de un concurso en el año 2013, que efectivamente también utiliza el recurso de la pendiente para generar un nuevo espacio público y una experiencia visual y perceptiva alternativa, escindida de la velocidad y la sonoridad de la Avenida Figueroa Alcorta.
Hay matices a resaltar respecto a los casos anteriores. Con su espacio en pendiente integrado a un nivel bajo en el que conviven el acceso a la actual cabecera de la Línea H de subte y un sistema de espacios para concesiones gastronómicas, la superficie elevada parece separarse todavía más del cero y de todo lo circundante. La vista directa a las casillas más altas del último apéndice del Barrio 31, la Autopista Illia y la posibilidad de contemplar y sobre todo escuchar el paisaje ferroviario echa luz sobre para qué puede servir una barranca. Para evadirse, para que los ojos puedan ver lo que no se percibe a simple vista, para escuchar lo que se pierde cotidianamente en el ruido blanco.
Lo que no se verbaliza se rellena
Si la barranca es una señal casi muda que anticipa el encuentro entre el territorio y el agua, y los proyectos señalados tres mementos arquitectónicos sobre su naturaleza construidos en tres momentos aleatorios (1978, 2003, 2013), los rellenos, específicamente el que derivó en la actual Reserva Ecológica Costanera Sur, constituyen su nèmesis.
Las superficie de 450 hectáreas que en 1986 el Consejo Deliberante convirtió en un parque natural y en una zona protegida es representativa de varios fenómenos particulares. Tal como señala Adrián Gorelik, el debate “entre una oposición tajante entre la protección especial que demandaban los ecologistas y un futuro de proyectos privados y construcciones faraónicas”2, terminó simplificando en demasía la reflexión urbanística sobre el sitio, perdiendo la oportunidad de generar un parque público de características metropolitanas.
Por otra parte, a su colección de características extraordinarias, reales o interpretadas, con la creación de la “Reserva”, la ciudad le sumó una protección a un lugar que previamente no existía, una prolongación de la pampa surgida de los escombros, la cual, como en un parque temático o una sesión de realidad virtual, regenera las condiciones del llano antes de la llegada de la Ley de Indias y su inevitabilidad.
Rellenar pareciera ser entonces el reflejo de un acto traumático. Al no poder hacerse cargo completamente de la llanura existente, el paciente posterga el enfrentamiento con la costa y prolonga la planicie por medios artificiales y artilugios legislativos. Rellenar, entonces, se vuelve el síntoma de los problemas urbanísticos no verbalizados ni resueltos.
Esta deriva nos permite detenernos sobre un último proyecto. El Parque de la Memoria, de Alberto Varas, proyecto ganador de un concurso público del año 1998, reproduce en un mismo sitio todos los elementos de este sistema: relleno, memoria, barranca, costa. Si los proyectos previamente nombrados eran recuerdos no elaborados, y el acto de rellenar, la respuesta al “trauma” no resuelto, podríamos afirmar que el Parque activa mecanismos que más que a la memoria, pertenecen al mundo de los sueños (y las pesadillas): por un lado, todos los elementos proyectuales se igualan en el mismo lugar y en el mismo momento a través de una resolución formal de arquetipos (la cicatriz, el límite, el horizonte). Por otra parte, es de notar que su capacidad de generar una impresión es más fuerte en la posteridad que en la experiencia misma. Más que el sueño mismo, pesan las sensaciones que han perdurado y la necesidad de interpretarlas.
La alegoría de la Barranca
Ruiz Diaz de Guzman es, técnicamente, el primer escritor paraguayo y uno de los primeros nacidos en la gobernación del Río de la Plata y el Paraguay. Su obra conocida popularmente como La Argentina (Anales del descubrimiento, población y conquista del Río de la Plata), de 1612, desarrolla el primer relato local que anuda miradas de geografía, historia, y sociedad alrededor del territorio del Río de la Plata.
En los capítulos de su libro referentes a la costa y a los primeros movimientos de reconocimiento río adentro, la barranca aparece poco y nada. Las descripciones abarcan un nivel de detalle más general, en el cual los paisajes se entreveran con las duras condiciones de vida de los primeros conquistadores que ocuparon territorios en las costas del Río. Todo es aventura, desconcierto, exploraciones fundacionales de la Pampa en un estado de contingencia permanente. Pero la barranca, lo que llamamos la barranca, no aparece.
A falta de una fundación mítica de su identidad, quizás deberíamos proponer una nueva reivindicación de sus virtudes. Un manifiesto barranquista retroactivo, concebido por mera confusión o felicidad, un sabotaje elaborado a través del cual todos lleguen a creer que la barranca siempre fue fundamental en nuestra historia urbana. O una leyenda con elementos fantásticos como la de “ la Maldonada”, escapada de las tolderías, abandonada a su suerte y rescatada, para sorpresa y estupor de los soldados que la habían dejado esperando la muerte atada a un árbol, por una hembra de puma.
Una gesta todavía más audaz sería, directamente, la de la creación de la Alegoría de la Barranca: un accidente topográfico desde el cual un grupo de prisioneros solo puede ver distorsiones del paisaje de la ciudad, simulacros de la fiebre y la geometría. Una vez liberados de su encierro, de vuelta en el llano, comprueban que todo aquello que habían visto era falso, y que la posibilidad de comprender completamente, desde un solo lugar, el conjunto inasible de la ciudad, no había sido apenas más que una ilusión idiota.
Orden & Relleno
Después de las barrancas, en toda esa zona que nos encanta señalar mientras les decimos a nuestros amigos extranjeros “antes el agua llegaba hasta aquí” o “todo esto antes era río” están los resultados de la antropización sistematizada y poco organizada del SXX. Gobernar es rellenar, parecieran haber acordado, en un pacto que trasciende ideas políticas y al tiempo mismo, intendentes, funcionarios municipales y jefes de gobierno de los más diversos orígenes: todo eso que está después de la barranca (edificios residenciales, calles, parques, equipamientos portuarios y logísticos, hoteles, oficinas, estadios, clubes ) es el resultado del único acuerdo respetado por todos además de la fe en la grilla regular como dispositivo articulador del espacio urbano.
En la curva de la parábola que se traza entre “la grilla y el parque” y “la grilla y el barro”, para los ojos más atentos y sagaces, quizás se encuentre cifrada la respuesta a una de las preguntas más repetidas y banalizadas y aún así sin respuestas de la cuestión urbana porteña, ¿Por que Buenos Aires le da la espalda al Río? Al final del día, parecería ser que rellenar no es más que un acto de negación del límite original, un ardid artificial para postergar dar con la solución al problema de qué hacer con la costa.